LA CALAMIDAD DE SER UN CLIP

LA CALAMIDAD DE SER UN CLIP

LA CALAMIDAD DE SER UN CLIP

Clippy nació una preciosa tarde de mayo en una fábrica del sur de España. Unos finos dedos metálicos moldearon su diminuto cuerpo hasta convertirlo en un bonito objeto, sencillo, brillante y, en un futuro, tremendamente práctico. Aunque nadie había explicado a Clippy cuál iba a ser su cometido, él sabía perfectamente que había venido a este mundo para ser útil a alguien.

Las horas posteriores a su nacimiento fueron bastante ajetreadas, pues se encontró enterrado en una montaña de clips, que se movía a gran velocidad sobre una cinta transportadora. Aquel ajetreo le resultaba bastante incómodo, por lo que se hizo hueco empujando a sus compañeros de travesía, hasta conseguir sacar medio cuerpo hacia el exterior. Lo que allí vio le dejó anonadado: enormes máquinas que se movían incansablemente, un par de operarios que paseaban tranquilamente de una máquina a otra, revisando que todo funcionara correctamente, y montones de clips por todas partes. 

Estaba Clippy observando todo aquel bullicio cuando le llamó la atención un contenedor del que salían destellos de colores. Agudizó la vista y divisó en su interior miles de clips delicadamente adornados con pasteles sonrientes, nubes con ojos de grandes pestañas y un sinfín de otros  atractivos adornos. 

-Son bonitos, ¿verdad?- escuchó Clippy a sus espaldas, lo cual le hizo salir de su ensimismamiento. Se dio la vuelta y observó al clip que le había hablado. 

-Ellos son los más afortunados; acabarán en casa de algún alegre niño, mientras que nosotros nos moriremos de asco en una oficina gris y aburrida- continuó.

Clippy volvió a dar la espalda a su compañero y siguió mirando absorto aquellos preciosos clips, hasta que un golpe seco le hizo volver a la realidad. De repente se encontró a oscuras, estrujado entre otros clips, sin apenas poder respirar.

-¿Donde estamos?- preguntó angustiado. Pero no hubo ninguna respuesta. Trató de aguantar su nerviosismo y, a los pocos minutos, volvió a hablar, esta vez en un tono de voz excesivamente alto, para asegurarse de que no pasaba desapercibido:

-¿¿¿¿Alguien sabe donde estamooooooooos????

-¡¡¡¡Shhhhhhhhh!!!!- escuchó entonces, retumbando en sus oídos como si un millón de moscas estuvieran volando a su alrededor.

Clippy se sentía desconcertado; no entendía el por qué de aquel silencio pero, dado que era minoría, decidió acurrucarse contra lo que parecía una pared de cartón y cerró los ojos, intentando que no se notaran los temblores que recorrían su fino cuerpo metálico. Estaba aterrado.

Unos momentos después, Clippy escuchó que alguien susurraba: -Tranquilo, estamos en la caja de camino a la tienda. 

Clippy miró a su alrededor pero no consiguió adivinar quién le estaba hablando. 

-¿Y qué ocurrirá en la tienda?- preguntó en voz baja, imitando a su interlocutor.

-Tendremos que esperar a que alguien nos compre y nos lleve con él; entonces tendremos un hogar.

Clippy desconfiaba de aquella información, ¿cómo podía aquel clip saber lo que iba a ocurrirles? ¿Era alguna especie de vidente o simplemente un graciosillo que trataba de reírse de él?

-Sé lo que estás pensando- continuó aquella voz tras unos segundos de silencio. -Es la quinta vez que me reciclo en clip, así que conozco bien el proceso. Será mejor que intentes descansar, como están haciendo los demás, así se te hará más corta la espera.

Tras aquella información, Clippy se encontraba aún más confuso. No se había planteado que aquella vida proviniera de un reciclaje, y le incomodaba el hecho de no recordar qué había sido en sus vidas anteriores. No obstante, viendo que no podía escapar de aquella situación, cerró los ojos y trató de pensar en algo que le calmara. En su mente apareció entonces aquella preciosa  nube de ojos grandes y largas pestañas y, con la reconfortante idea de que algún día se reciclaría convirtiéndose en uno de esos preciosos clips, se sumió en un profundo sueño.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando una luz le despertó. Abrió los ojos y pudo notar el alboroto a su alrededor. Sus compañeros no paraban de congratularse por la suerte de encontrarse en la habitación de un ruidoso adolescente. Todos querían participar en mantener el orden en los papeles de aquel chico, que parecía que les iba a otorgar una vida más que interesante.

Clippy observaba las paredes llenas de pósters de jugadores de baloncesto cuando notó como le cogían de un extremo y le sacaban de la caja. Entonces sintió cómo su cuerpo se abría y se cerraba inmediatamente. Miró a su alrededor: no había ningún papel entre sus curvas… sin embargo, en cada uno de sus extremos se encontraba un compañero enganchado a él. De repente, todo empezó a dar vueltas y Clippy empezó a volar de un lado para otro mientras oía una estruendosa risa que inundaba toda la habitación. Cuando por fin su cuerpo cayó con fuerza sobre la mesa necesitó unos minutos para entender qué había sucedido: los clips estaban enganchados unos a otros, formando una larga cadena, y el simpático adolescente había decidido que aquello sería su nuevo juguete.

Clippy percibía el desánimo entre sus compañeros. Lo que en un principio parecía una buena noticia se había convertido en la peor de sus pesadillas: ya no eran clips, sino instrumentos de juego para un chico que había decidido desestresarse con ellos.

Fue pasando el tiempo y Clippy se fue acostumbrando a aquella rutina; no era ni mucho menos lo que esperaba que fuera su vida, pero no tenía elección, así que aceptaba su destino con resignación, tratando de no pensar mucho en ello.

Un buen día notó cómo se separaba de él uno de los compañeros que se encontraba unido a él por uno de los laterales, lo que le situó a él como el primero de la cadena. Miró a su alrededor y se animó al ver que había clips sujetando taquitos de apuntes. Estaba contento, pues eso significaba que sería el siguiente en abandonar la cadena y por fin podría dedicarse a aquello para lo que había nacido. 

No pasó mucho tiempo hasta que le apartaron del compañero del otro extremo y le depositaron sobre la mesa. Estaba pletórico: no había nada más reconfortante que hacer aquello para lo que había sido creado. De repente, el chico depositó a su lado algo que, por el ruido, parecía tremendamente pesado. Clippy miró a su derecha y observó un taco de folios de aproximadamente un centímetro de grosor. En un primer momento se asustó, pero inmediatamente se tranquilizó, pensando que su tarea sería sujetar una pequeña parte de aquel montón de hojas, pues era imposible que su pequeño cuerpo pudiera soportar la contorsión necesaria para agarrar tal cantidad de papeles.

Sin embargo, en contra de sus pronósticos, en unos segundos sintió cómo su cuerpecito se estiraba dolorosamente mientras el chico intentaba sujetar con él aquél enorme bloque de apuntes.

Como era de esperar, el cuerpo de Clippy no era suficientemente grande para aquella hazaña, por lo que pronto se encontró volando por la habitación mientras escuchaba al adolescente gritar enfadado: -¡Vaya birria de clip! ¡No sirve para nada!

Clippy permaneció inmóvil en una esquina de la habitación, aturdido y dolorido. Su cuerpo había perdido su elegancia y ahora no era más que un hilo de metal feo y deforme. El chico se acercó a él, lo recogió y, tras unos momentos de observación, estiró el cuerpo del Clippy hasta convertirlo en un recto alambre. Después se fue a la cocina y lo tiró a la basura.