RECUERDOS

RECUERDOS

Carmen cogió una cuchara y probó la salsa… estaba exquisita, exactamente como le gustaba a su hija. Llevaba toda la mañana cocinando su comida favorita. No la veía desde que se había ido a Inglaterra y la echaba muchísimo de menos. Aquella semana de vacaciones en casa era lo que más podía desear tras tres meses de ausencia. En cuanto escuchó la llave abriendo la puerta del piso salió corriendo a abrazarla.

-¡Me estás ahogando mamá!- exclamó Sonia entre risas, inmovilizada por el abrazo de su madre… 

Carmen soltó a su hija, le tomó la cara entre las manos y comprobó cómo su niña se había convertido en una mujer en solo tres meses. Por un momento le asaltó una pizca de melancolía al recordar a aquella niña a la que había criado con tanto cariño.

-Vamos- dijo Carmen a Sonia con un gesto. Cogió su maleta y se dirigió hacia la habitación. 

Sonia se detuvo un momento en la puerta de la habitación y la miró con nostalgia. Todo seguía exactamente igual a como lo dejó, y aquello la hizo sentirse en casa.

Carmen, ajena a los pensamientos de su hija, puso la maleta sobre la cama. 

-Esta habitación es de adolescente- dijo, -deberíamos cambiarla para que tuvieras algo más acorde a tu edad.

-No necesito otra habitación, ahora no vivo aquí- contestó Sonia, lo que hizo que Carmen frunciera el ceño.

-Me gusta volver y encontrarla como la dejé, me hace sentir en casa de nuevo- aclaró Sonia al percibir la molestia en el rostro su madre. 

Sonia tomó a su madre de la mano y la hizo sentarse en la silla de su escritorio. Carmen observó aquella mesa, llena de marcas y arañazos. Sonia, observando el desagrado en el gesto de su madre, se acercó a ella y sonrió al ver todas aquellas marcas. Señaló uno de los laterales, donde había signos de lo que parecía un corazón.

-Este corazón lo hice con la punta de las tijeras, cuando tuve mi primer novio, ¿lo recuerdas?- Carmen sonrió al recordar a aquella niña enamorada por primera vez. 

A la derecha de la tapa de la mesa había unos arañazos que, según explicó Sonia, marcaba de pequeña para evitar utilizar los dedos en las sumas. Unos rayones en forma de palitos eran los días que faltaban para partir hacia Inglaterra. Finalmente, los puntitos en la madera eran el resultado de los golpecitos nerviosos que daba con la punta del boli mientras estudiaba para algún examen importante; a Sonia le parecían diminutas estrellas formando constelaciones.

-Todo lo que tú ves como imperfecciones en esta mesa para mi son bonitos recuerdos, por eso quiero que se quede como está.

Carmen miró a Sonia con dulzura. Ella había compartido todos aquellos momentos con su hija y los recordaba perfectamente.

Sonia acarició a su madre. 

-Sigues molesta conmigo por haberme marchado de casa…- Carmen negó con la cabeza.

-¿Y por qué tienes entonces el ceño fruncido?- preguntó Sonia en tono alegre.

-Son mis arrugas, porque soy mayor, ya no se me quitan- contestó Carmen. Sonia soltó una carcajada 

-¿Son las marcas de todas las preocupaciones que te he causado a lo largo de tu vida. Carmen sonrió. Entonces Sonia señaló los bordes de sus ojos y, con voz tierna, dijo: 

-Y entonces estas arruguitas son las marcas de todas las alegrías que te he dado…

El timbre sonó y Sonia salió corriendo a abrir la puerta. Su hermano y su sobrino ya habían llegado; estaba deseando ver cuánto había crecido su chiquitín.

Carmen salió al pasillo y se quedó mirando su imagen en el espejo; se fijó en las marcas de su piel, mientras recordaba tantos momentos vividos; se tocó el vientre y pensó en sus estrías, recuerdo de aquellos dos hijos maravillosos que había traído al mundo.

La manita de su nieto agarrando la suya le sacó de su ensimismamiento.

-No te mires más en el espejo abuela, estás muy guapa.

Carmen sonrió y se dejó llevar hacia el salón. Pensó entonces que todos deberíamos mirarnos a través de los ojos de las personas que nos quieren, pues solo de esta manera podemos advertir las cosas verdaderamente bellas e importantes de la vida.