LA ESTRELLA MÁS BONITA

LA ESTRELLA MÁS BONITA

Había una vez una hermosa estrella, cuya luz era más intensa que la de cualquier otra; se llamaba Inés.

El mayor gozo de Inés era hacer llegar su luz a los parques cuando caía la noche y observar cómo los niños miraban al cielo y señalaban con sus deditos en dirección hacia ella, sorprendidos de que una sola estrella pudiera emitir tanta claridad. 

A Inés también le gustaba enseñar a las estrellas más jóvenes cómo aumentar la intensidad de su luz, y pasaba noches enteras explicando a sus compañeras cómo aprovechar toda esa energía interna para conseguir un brillo espectacular.

Pasaron los años e Inés comenzó a darse cuenta de que su luz era cada vez más tenue; pensó que con aquella intensidad su luz no podría llegar a los niños que tanto disfrutaban con su brillo, por lo que cayó en una profunda tristeza que la fue apagando cada vez más, hasta que su cuerpo dejó de emitir luz alguna.

Una noche, sumida en su desaliento, escuchó una dulce voz a sus espaldas.

-¿Por qué has dejado de sonreír?- preguntó aquella voz.

Inés miró hacia el lugar de donde provenía aquella melodiosa voz y divisó a una diminuta estrella que la miraba con gesto de enfado.

-He dejado de sonreír porque mi luz se ha apagado… ya no llego a alumbrar la tierra, y eso era lo que más disfrutaba.

-Eso no es cierto- contestó tajante la estrellita. -Te has apagado porque has dejado de sonreír.

A Inés aquella ocurrencia le pareció muy divertida, por lo que soltó una sonora carcajada. Inmediatamente advirtió cómo la pequeña estrella irradiaba una luz cegadora, demasiado fuerte para su diminuto cuerpo.

-¿Lo ves?- gritó la estrellita – ¡Cuando sonríes brillas!

Inés, que hacía mucho tiempo que no conversaba con nadie, rió de nuevo, alentada por aquellas palabras. De repente, todas las estrellas de su alrededor se iluminaron y el cielo se convirtió en un jardín de luces centelleantes.

En aquel preciso instante Inés se dio cuenta de lo que estaba sucediendo: aunque su luz no era lo suficientemente potente como para llegar a la tierra, el resto de las estrellas la absorbían y la expulsaban con una energía que las hacía brillar con mucha más intensidad que si solo se concentraban en emitir su propia luz.

Inés miró hacia la tierra y vio a los niños en los parques señalando hacia el cielo y dando saltos de alegría. Entonces lo entendió todo: lo importante no era la intensidad de su luz, sino el amor que desprendía al brillar, que era absorbido por las estrellas que la rodeaban y posteriormente devuelto a aquellos niños cuyos ojos resplandecían de ilusión al ver aquel precioso firmamento salpicado de resplandecientes estrellas.