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LA DURA VIDA DE UN ZAPATO DE TACÓN

ZappyD posaba orgulloso en la estantería de una prestigiosa zapatería. Sus llamativos colores y la estilizada figura que le otorgaba su fino tacón de 12 cm le hacían sentirse en la cumbre del mundo.

Observaba feliz todas las miradas que se posaban en él, cuando una dependienta lo agarró y, junto a su mellizo ZappyI, lo depositó cuidadosamente en el suelo, al lado de una elegante mujer de pelo corto. La mujer deslizó sus pies en los zapatos y anduvo de un lado a otro de la tienda, parándose frente a cada espejo y asintiendo con la cabeza en señal de agrado. ZappyD estaba pletórico; ver sus imágenes reflejadas calzando los pies de aquella estilosa mujer, a los cuales se adaptaban como un guante, era su sueño hecho realidad.

Una vez en la caja, perfectamente colocado junto a su mellizo, ZappyD no paró de pensar en los buenos momentos que le esperaban y en las glamurosas fiestas a las que iba a acudir. 

A la mañana siguiente, cuando ZappyD se despertó, se encontró en un oscuro lugar. No recordaba cómo había llegado hasta allí, pues la excitación que le produjo la expectativa de su nueva vida le había hecho quedarse profundamente dormido. Trató de ajustar los ojos a la falta de luz hasta que finalmente pudo comprobar lo que había a su alrededor: unos zapatos Oxford, unas bailarinas, unas deportivas… desde luego no era el hogar con el que había soñado, lo que le provocó cierto desconcierto. 

-Están en otra balda- oyó entonces decir. ZappyD dirigió la vista hacia el zapato que le hablaba a su izquierda, y lo miró con expresión de no entender.

-Los otros zapatos de tacón- aclaró el mocasín -están en otra balda. Esta balda es la de los zapatos de diario.

ZappyD le echó una mirada de desprecio.

-Los otros también llegaron como tú, pero pronto se les acabó la chulería- añadió el mocasín.

ZappyD, un poco incómodo, ignoró el comentario de aquel zapato tan falto de clase y se irguió, esperando a que la puerta del armario se abriera y la mujer reparase en él. No pasó mucho tiempo hasta que esto sucedió. La mujer, en lugar de tomarse su tiempo para admirar la belleza de sus nuevos zapatos, los asió con brusquedad, se los puso precipitadamente y salió con paso veloz de la casa.

El trayecto en el coche fue un suplicio para los dos zapatos mellizos, pues el atasco obligaba a la mujer a frenar continuamente. Cuando por fin llegaron a su destino, ZappyD sentía su trasero dolorido y rozado. El resto del día no fue mucho mejor, pues las calles por las que transitaron eran empedradas, y con cada paso a ZappyD se le clavaban en su delicada suela de piel aquellas duras aristas. Solo podía descansar cuando la mujer se sentaba y se ponía a teclear aceleradamente delante de su ordenador; ZappyD aprovechaba esos momentos de tranquilidad para acurrucarse sobre la mullida moqueta del suelo, intentando olvidar lo que le esperaba fuera de aquel edificio.

Por fin llegó el final de la jornada laboral, la mujer recogió sus cosas y bajó al parking. ZappyD temía volver a sufrir las rozaduras de la mañana, pero esta vez el trayecto fue más pausado. Estaba agotado, por lo que esperaba con ansia poder descansar en la oscuridad del armario en el que le guardaban. Sin embargo, cuando la mujer salió del coche ZappyD comprobó que no estaban en el garaje de su casa, sino en un enorme parking al aire libre. Anduvieron un corto tramo hasta que entraron en un edificio. ZappyD no se lo podía creer, ¡estaban en un supermercado!, no se explicaba cómo había podido caer tan bajo; jamás se imaginó que pudieran llevar a un zapato de su clase a un lugar tan vulgar. La mujer se recorrió con paso apresurado todos los pasillos. El suelo era liso, lo cual daba un respiro a su dolorida suela, pero las pisadas eran enérgicas, lo que le obligaba a concentrarse para no perder el equilibrio.  Tras pagar en la caja, cuando ya se dirigían hacia el coche, ZappyD vio a su derecha un escaparate con preciosos zapatos. Inmediatamente rememoró con nostalgia el tiempo en el que se mostraba elegantemente en la tienda y atraía la atención de todas las miradas. De repente, notó cómo su tacón pisaba sobre algo húmedo y su suela resbalaba irremediablemente sobre aquel pulido suelo. Afortunadamente, la mujer tuvo reflejos suficientes para agarrarse con fuerza al carro y no caerse pero, cuando por fin consiguió enderezarse, lanzó a ZappyD una mirada de enfado que le dejó helado. ¿Le estaba echando la culpa de lo sucedido? No se lo podía creer, después del horrible día que le había hecho pasar.

La mujer llegó a casa y, en lugar de depositar los zapatos en la balda del armario, los tiró con desprecio en una esquina de la entrada. ZappyD estaba demasiado cansado incluso para enfadarse, por lo que cerró los ojos y trató de olvidar aquel espantoso día.

A la mañana siguiente le despertó el olor a café y tostadas. Por un momento creyó que estaba en otro lugar, disfrutando de los placeres adecuados a su estatus, pero en cuanto la mujer se calzó los zapatos y salió corriendo de la casa volvió tomar conciencia de la verdadera situación en la que se encontraba. Aquel día transcurrió como el anterior, con su suela dolorida fruto de los afilados cantos del suelo, y su trasero rozado por los continuos frenazos y acelerones. Deseaba volver a casa cuanto antes pero, al salir del trabajo, la mujer realizó un trayecto diferente, más largo, aunque relativamente tranquilo. Cuando salieron del coche ZappyD sintió como si le clavaran cientos de agujas en la planta, y observó con asombro que estaban andando sobre una gruesa arena. Aquello era el colmo, ¡la mujer le había llevado a ver a su hijo entrenar al fútbol! Su frustración se convirtió en rabia y, a medida que la mujer andaba de un lado a otro del lateral del campo, ZappyD intentaba darse de sí para permitir que los pequeños granos de arena que saltaban con las pisadas pudieran entrar en su interior. Finalmente consiguió su objetivo, y la mujer no tuvo más remedio que buscar un lugar en el que sentarse a sacudir la arena que estaba arañando sus pies.

Aquella noche ZappyD volvió a dormir tirado en una esquina de la entrada.

Tras el olor del café volvió la misma rutina de los dos días anteriores. ZappyD ya había asumido con resignación las rozaduras en su trasero causadas por la conducción y el dolor que el empedrado infligía a su delicada suela. Sin embargo, temía lo que le esperaría al salir del trabajo, dadas las terribles experiencias de los días anteriores. Por la tarde, cuando la mujer salió del coche y posó el pie en el suelo, ZappyD no pudo evitar cerrar los ojos, alerta ante la nueva tortura que se presentaría ante él. Pero nada anómalo ocurrió, su suela se apoyaba suavemente sobre una acera uniforme con un ritmo pausado; abrió los ojos y en seguida comprendió lo que sucedía: la mujer estaba paseando con una amiga. Tras tomarse un café en una terraza las dos mujeres se despidieron, y su dueña retomó de nuevo su ritmo acelerado, aunque ZappyD no se quejó; al menos transitaban por una superficie agradable. Estaba pensando en ello cuando notó un fuerte golpe y una presión en el tacón. Examinó su alrededor desconcertado, hasta que descubrió que su tacón estaba atrapado en una rejilla. La mujer tuvo que descalzarse y tirar con fuerza de ZappyD para conseguir liberarlo, mientras murmuraba: “¡Malditos zapatos de tacón!”. ZappyD no podía sentirse más ofendido, ¿acaso la culpa era de él, y no de la mujer que caminaba sin prestar atención? El tacón le dolía y podía notar la incisión que le había generado aquel accidente. Loco de ira, decidió que tenía que vengarse, se concentró con todas sus fuerzas y ¡zas!: el tacón se despegó del zapato y la mujer tuvo que agarrarse al coche para no caerse. Desconocía cuáles serían las consecuencias de aquel acto de rebeldía, pero necesitaba romper aquella rutina de dolor y sufrimiento. La mujer abrió el maletero, sacó de una bolsa unas bailarinas, y metió en ella los zapatos de tacón. Tiró la bolsa dentro del maletero y cerró el portón con un sonoro golpe. 

ZappyD pasó varios días encerrado en aquel lugar oscuro junto a su mellizo ZappyI, que no paraba de reprocharle su nefasto comportamiento. Un buen día alguien cogió la bolsa y, por el movimiento oscilante, comprendieron que se estaban desplazando. Una mano de mujer los sacó de la bolsa y los colocó sobre un mostrador, mientras daba explicaciones al hombre situado al otro lado del mismo:

-Hay que ponerle unas suelas nuevas, porque estas resbalan mucho, y hay que pegar el tacón… solo me los he puesto tres días y ya se han roto, ¡han salido malísimos! Con el dineral que me han costado…

ZappyD escuchaba aquello hecho una furia, mientras ZappyI trataba de tranquilizarle para que no montara otra escena. No obstante, su cólera fue desapareciendo cuando las manos de aquel experimentado zapatero fueron arreglando todas las marcas que había dejado en ellos el maltrato sufrido durante los días que la mujer los había utilizado. Aunque ZappyD seguía teniendo antipatía por la mujer, no pudo reprimir la alegría cuando la escuchó exclamar:

-¡Han quedado como nuevos! Preciosos- y pudo notar de nuevo en su mirada el agrado del primer día cuando los compró.

ZappyD y ZappyI volvieron a ocupar el estante del armario. Durante días, ZappyD contó y recontó la historia de su heroicidad, y cómo había conseguido que la mujer se rindiera a sus encantos. El resto de los zapatos estaban hartos de tanta altanería y trataban de ignorarle suplicando que la mujer los eligiera cada vez que abría el armario. 

Tras varios días, la puerta del armario se abrió, una chica cogió a ZappyD y lo miró con una enorme sonrisa. Llevaba un espectacular vestido y tenía el pelo recogido en una coleta. 

-¡Mamá! ¿Me dejas ponerme tus zapatos rojos?- gritó. Su madre asintió, elevando la voz desde la otra punta de la casa. 

La chica se puso los zapatos y se miró en el espejo. ZappyD pensó que su estilo y sus colores combinaban perfectamente con aquel atuendo, por lo que dio gracias por poder por fin cumplir su sueño y estilizar la figura de aquella hermosa chica.

Tras una cena con amigos en un bonito restaurante, entraron en un local oscuro, donde la música sonaba muy alta y todo el mundo bailaba y gritaba a su alrededor. El suelo estaba sucio y pegajoso. Al momento, ZappyD notó cómo un líquido caía sobre su suave piel: alguien había derramado una bebida. La chica lo limpió torpemente con un pañuelo de papel y comenzó a bailar. Había tanta gente que se pisaban unos a otros sin cesar y ZappyD notaba que no podía respirar. Su frustración fue en aumento hasta que no pudo aguantar más y, lleno de rabia, comenzó a encogerse.

-¿Qué haces?- Preguntó ZappyI.

-Ya lo verás…- contestó ZappyD, y continuó apretando el pie de la chica hasta que no tuvo más remedio que parar de bailar. Se apoyó en la pared, se quitó el zapato y vio una enorme rozadura en su dedo meñique. Con toda tranquilidad, sacó del bolso algo que parecía una tirita, se la puso y, tras unos minutos de descanso, volvió a la pista de baile como si nada hubiera sucedido.

ZappyD llegó a casa destrozado; cuando la chica le colocó en la balda y cerró la puerta del armario no pudo evitar echarse a llorar. A pesar de que ninguno de los otros zapatos le tenía mucho aprecio, se apiadaron de su desesperación y escucharon con atención el relato de lo sucedido.

-No vas a conseguir nada oponiéndote- contestó una mercedita. Desde pequeñas les enseñan a aguantar el sufrimiento en los pies sin quejarse; de no ser así tú no existirías y solo habría zapatos cómodos como nosotros. ¿O acaso crees que andar subido a ese tacón de aguja es agradable?

ZappyD se quedó pensativo. Efectivamente no debía ser placentero andar guardando el equilibrio sobre su fino tacón. Pero su misión no era la misma que la de los otros zapatos, ¡él estaba hecho para lucirse! No se podía explicar cómo no podían entenderle. Aquella no era la vida que deseaba llevar, y no estaba dispuesto a seguir con aquel sufrimiento. Comenzó a echarse hacia adelante en la balda, hasta que su punta tocó la puerta.

-¿Qué haces?- preguntó con horror ZappyI. -¿No irás a…?- ZappyD asintió.

-¡No seas estúpido!- exclamó una deportiva. -¡Los zapatos no podemos suicidarnos! Lo único que vas a conseguir es enfadarla.

ZappyD ignoró los comentarios de los otros zapatos y esperó pacientemente hasta que la puerta del armario se abrió. Entonces, se abalanzó sobre la mujer, que emitió un agudo grito del susto. ZappyD cayó dando un sonoro golpe en el suelo, arrastrando con él a ZappyI.

La mujer se agachó a recoger los zapatos y su rostro se puso rojo de ira. Se fue a la habitación de su hija y, mostrándoselos, exclamó, mientras señalaba las manchas en la piel:

-¡Tú crees que puedes devolverme los zapatos en este estado!

La chica observó a su madre sin decir palabra.

-¡Y además los has colocado de cualquier manera y se me han caído encima al abrir el armario! ¡Te prohíbo que vuelvas a coger nada mío hasta que no aprendas a cuidar de las cosas!

La mujer se fue a la terraza y sacó de un armario una caja. Para sorpresa de ZappyD, primero limpió delicadamente su superficie con un suave trapo y, después, fue igualando con betún toda su superficie. Cuando hubo acabado, la mujer volvió a su habitación, se calzó los zapatos y sacó de armario un precioso vestido de fiesta. Se colocó la percha delante del cuerpo mientras se miraba en el espejo con satisfacción. Posteriormente se quitó los zapatos y los depositó en una balda de armario. Cuando cerró la puerta, ZappyD miró a su alrededor y vio elegantes zapatos de tacón que posaban altivos y orgullosos. Sonrió. Por fin estaba en el lugar donde debía estar. Adoptó una pose elegante pero se propuso a sí mismo no volver a ser arrogante; pensó en los zapatos que habían compartido estante con él y en lo duro que era su día a día entre empedrados, frenazos y carreras, y comprendió que su belleza no le hacía mejor que ellos. Desde aquél día, dio gracias cada momento por poder disfrutar de aquella confortable vida.